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De esas cosas "humanas" en medicina

Autor: Carlos Andrés Marín Jaramillo // camarin25@hotmail.com // Estudiante de Medicina Universidad de Antioquia Medellín-Colombia

Fecha de publicacion: Enero, 2013

Pero entonces, ¿dónde están el sueño y el amor,

la generosidad y la esperanza,

 el alma llena de Dioses y la carne llena de recuerdos?

¿Nada de eso importa ni existe?

¿Nada de eso cuenta a la hora de enfrentamos al mundo, a nuestra soledad,

a los misterios de la enfermedad, a la majestad de la muerte?

William Ospina

Recuerdo que cuando empecé mi práctica clínica en el hospital, aprendiendo en primer lugar a entrevistar a los pacientes, una compañera mía le preguntó al profesor, un médico internista: “¿para qué pregunta uno esas cosas sociales?” Mi compañera se refería a la indagación a esos seres humanos enfermos por su vivienda, su familia, por la situación social y económica de ella, su ocupación, sus preocupaciones, su lugar de procedencia, entre otras cosas “omisibles” durante la entrevista. Yo hubiera querido decirle, en resumen, que las condiciones sociales eran las causas más importantes de las enfermedades, y que la disposición psicológica era, a veces, la causa de estas, pero siempre un elemento imprescindible para la recuperación de la salud. Sin embargo guardé silencio confiando en la respuesta del profesor. Él pensó por un momento, hasta que dijo algo más o menos así: “Por ejemplo, si tienen piso de tierra, pueden tener áscaris [“lombrices en el intestino”] o si tienen mascotas pueden tener infecciones”. Y sentí un vacío en el abdomen. Esa compañera ha sido en varias ocasiones la mejor estudiante de su cohorte, condecorada por el decano y la Facultad de Medicina en las ceremonias de reconocimientos.

Me pregunto si habría una razón más importante para preguntar “esas cosas sociales”, que el hecho de que en ese momento nos estamos relacionando con un ser humano. ¿Por qué no puede ser eso suficiente respuesta?

Comúnmente los pensadores y ciudadanos dicen, refiriéndose a la medicina de fundamentos científicos, que es deshumana. No piensan lo contrario aquellos que ejercen, o que instruyen para ejercer, esa medicina en sus distintas funciones. ¿A qué se refieren con deshumanización de la medicina? Y, al contrario, ¿qué es lo humano en la medicina?

Según el concepto que tengamos de un objeto le otorgamos un trato y un destino; por eso al intentar responder estas preguntas, al acercarnos a las visiones que del ser humano tienen los médicos e investigar las causas de ellas,  podemos saber por qué practican la medicina de esa manera, que comúnmente llaman “deshumanizada”.

Es posible rastrear qué visión han tenido los médicos del ser humano, si partimos de que estas han respondido, por lo menos, a tres factores: la medicina como ciencia, la medicina como práctica institucional, y las características del “personal” sanitario; y al desarrollar este planteamiento, espero, quedará definido qué es este asunto de la deshumanización de la medicina, y qué consecuencias trae.

La medicina de fundamentos científicos

Esta es la ciencia de fundamentos científicos, la de la evidencia, la del método, la de la objetividad, la que se enseña en todo el globo, la de la veracidad. William Ospina puntualiza de manera magistral en su ensayo La mirada de hielo,1 lo que ha hecho esta ciencia al investigar al ser humano: “El positivismo moderno, excluyendo todo lo que esté por fuera de la razón y de sus métodos, todo lo que no pueda ser lógicamente probado, ha reducido al hombre a las pobres dimensiones de la materialidad y de la evidencia, y es la expresión desacralizada de un mundo hecho sólo de ciega materia, un frío mecanismo gobernado por leyes inflexibles e imperturbables… Ya no queda en nosotros sino la materia cuantificable, el espacio medible, el tejido desamparado de las células, el abismo vertiginoso de los átomos…”

Las ciencias naturales se han proyectado sobre el ser humano, y le han definido por completo. Esta definición sólo abarca, como dice Ospina, la materia, lo visible, lo cuantificable, lo útil. Por esta vía, se le da al ser humano tanta dignidad como a un ratón, pues la definición de ambos seres, al ser meramente biológica, es equiparable, puesto que ambos son "organismos".

“Si queremos saber qué es el hombre para el positivismo basta mirar los exámenes bacteriológicos, los cuadros hepáticos, las curvas de glicemia, los electrocardiogramas, los electroencefalogramas.”2

Así pues, mi compañera y mi profesor, el médico internista, no tenían opción: sus mentes hacían parte de las lógicas de lo exacto y de lo objetivo, de la razón, del método, del monopolio de la verdad. Tal vez para ellos, no había más que preguntar:

Si no creyera en la balanza/ si no creyera en el deseo/ si no creyera en lo que creo/si no creyera en algo puro./ Si no creyera en cada herida/ si no creyera en la esperanza/ si no creyera en lo que esconde/ hacerse hermano de la vida./ Qué cosa fuera/ Qué cosa fuera la maza sin cantera/ Un amasijo hecho de cuerdas y tendones/ Un revoltijo de carne con madera/.

No había más que preguntar, puesto que ese ser humano en el que indagaron “esas cosas sociales” no era más que eso último que canta Silvio en La maza.

Pero esto no es de ninguna manera un fenómeno actual. Desde el siglo XVI los tratados de medicina aludían ya al cuerpo humano como una máquina, y Descartes, fundador de la concepción científica desde la filosofía, contribuyó a esta concepción.3 De igual manera que en esos días, los médicos actuales continúan haciendo comparaciones del cuerpo con piezas. No es extraño pues escuchar que el corazón es una bomba, la vejiga una cisterna, el cerebro un ordenador, los músculos, huesos y tendones un sistema de palancas, los riñones filtros, la mandíbula y dientes una prensa, etc.

Y como el cuerpo es una máquina, tiene mecanismos. Cuando estos mecanismos están estables constituyen la llamada “homeostasis”4, que hay que conservar, y que en caso contrario hay que recuperarla con algo particular de esta medicina: los fármacos. Esta es en síntesis la definición de la gran rama de la medicina llamada “medicina interna”. Además, estos mecanismos tienen piezas, las cuales pueden estar defectuosas en un momento dado, por lo cual se sacan, se modifican, se arreglan, y hasta se reemplazan por otras, etc. Esta es en síntesis la otra gran rama de la medicina: la cirugía.

Cualquiera sea la especialidad de los médicos, médicas o quirúrgicas, apreciar al ser humano como la máquina perfecta está en el mismo planteamiento de sus conocimientos, pues su trabajo es siempre, se puede afirmar, mantener a esa máquina lo más cercano posible a la perfección, que en esta lógica se llama “normal”.

No obstante, lo que hemos descrito no ha sido siempre la mirada que la medicina ha tenido sobre su objeto de estudio: “Consideran algunos, tanto médicos como científicos, que aquel que no sabe lo que es el hombre no podrá entender el arte médico, y que precisamente esto debería estudiar quien desee tratar adecuadamente a los hombres”. Escribía Hipócrates, el padre de la medicina occidental, 350 años antes de nuestra época.

Se podría objetar todo lo dicho hasta el momento, argumentando que el objeto de estudio de la medicina, como ciencia, es el cuerpo, y no el ser humano. Los médicos actuales podrían repetir junto con Descartes: “Estos hombres estarán compuestos por un alma y un cuerpo. Es necesario que, en primer lugar, describa su cuerpo aparte, y, en segundo lugar, su alma también aparte.”5 Así pues, los médicos se dedican al cuerpo y se adjudican el derecho a ser ignorantes en todo lo demás: todo lo que tenga que ver con el “alma” no es parte ya de su campo.

Que se estudie el cuerpo y no el ser humano puede ser cierto en cuanto que, desde el punto de vista histórico, la medicina ha evolucionado mucho o poco de acuerdo a la concepción que se tuviese del cuerpo.6 Pero esta definición del objeto de estudio es demasiado limitada porque, fundamentalmente, es coherente sólo con el pensamiento de que el ser humano es alma más cuerpo, y con la necesidad que se tenía en la época de Descartes de investigar el cuerpo para dejar de atribuirle funciones al alma.

Hasta para la medicina está claro que el ser humano no es una sumatoria de cuerpo, psique, lenguaje, ambiente, historia, cultura, ideas, etc, puesto que todos estos ámbitos que constituyen el ser humano están íntimamente relacionados y convergen todos para definirle. Ya está, pues, bastante documentado que es imposible entender la enfermedad sin contextualizarla en estos ámbitos, así sea someramente: que hay procedimientos no aceptados culturalmente, que hay ideas negativas que hace más difícil el alivio, que la falta de afecto conduce a enfermedad, que el agua no tratada, las condiciones económicas, etc. No hace falta más información en este sentido, hace falta aplicarlo a la clínica, enseñar a los médicos a enfrentar estas realidades, a darles lugar así sea imposible cambiar la situación.

Por otra parte, pensando todavía que el objeto de estudio es el cuerpo, habría que definir éste no sólo como la “máquina” que la ciencia pretende descubrir, sino como nuestra forma de estar en el mundo (Heidegger, Sartre)7, “de ser individuos, de instalarnos como personas, de relacionarnos, de estar en contacto con el mundo y pasar por él”8, manifestación de la voluntad (Schopenhauer), y hasta nuestra misma alma (Nietzsche y Robert Musil9).

¿Qué opción hay ante esta fría mirada que lanza la medicina de fundamentos científicos?

Para William Ospina la solución sólo puede venir de la sociedad en conjunto, siendo esta más igualitaria, aceptando la muerte, no para negar la medicina, sino para volver a darle sentido a la vida, para volver a tener en cuenta la fe, la esperanza, la belleza, la fe y la vida, y así quitarle poder a esa visión y a ese negocio en que ha derivado esta medicina en particular. Yo agregaría para hacer de esta propuesta algo más concreto, que es importante que cada ciudadano reflexione sobre qué es para él vivir, y que esta reflexión sea parte también de debate público, como respuesta a la devastadora convicción de los médicos que, en una más de sus precipitaciones, aseguran que vivir es respirar, por palabra u obra, y orgullosamente aseguran que estarán dispuestos a hacer cualquier cosa por mantener la máquina en marcha, quizá en total detrimento de la calidad de vida, y en todos los casos haciendo caso omiso al sufrimiento y, a lo sumo, dándole lugar al dolor.

Para Laín Entralgo, la respuesta a esta simplificación del ser humano está dentro de la misma medicina. Él argumenta que los fundamentos del saber médico son tres: el saber clínico, el saber patológico y el saber antropológico. Y afirma: “…¿puede acaso decirse, como si fuese una verdad obvia, que esas dos disciplinas [anatomía y fisiología, y bajo ellas la física y la química] son el verdadero fundamento de la medicina?... La respuesta correcta –real y científicamente correcta- a la interrogación precedente, debe decir así: el fundamento de la patología general es y debe ser el conocimiento del hombre que comprenda y unifique metódicamente lo que acerca de la realidad de éste nos digan tanto la anatomía y la fisiología tradicionales como las disciplinas que integran las llamadas ciencias humanas. Por tanto una antropología médica… conocimiento científico del hombre en tanto que sujeto sano, enfermable, enfermo, sanable y mortal. Ella y sólo ella es el verdadero fundamento del saber médico, aunque a veces no lo advierta el práctico de la medicina…” Su libro de más de 500 páginas, es un esbozo de esta antropología.

Dicho de otra manera: el conocimiento de lo mínimo, como la biología molecular, los exámenes de laboratorio, la patología, etcétera, sólo cobran sentido para lograr comprender lo máximo, y ese máximo es el ser humano.

La flaqueza en la formación humanística, que resalta Laín en los médicos y Ospina en la sociedad, ha permitido que la ciencia se cierna sobre el ser humano como un huracán, y lo desahucie de absolutamente todo lo que por siglos se le ha atribuido como propio del ser humano, y que está lejísimos de ser la bipedestación decretada por la superior inteligencia científica.

Pero continuemos. Si el cuerpo humano es una máquina, si el cuerpo es equiparable con técnicas y tecnologías, entonces es él también un instrumento que cobra sentido en cuanto se le emplee; parece entonces que su razón de existir está en la producción: “El trauma de tórax ocurre principalmente en la población económicamente activa, lo cual conlleva numerosas horas laborales perdidas, con gran impacto en la economía de un país, motivo por el cual se deben mejorar la calidad y la oportunidad en la atención de la urgencia para reintegrar a los pacientes rápidamente a su actividad laboral”10.

Así pues, se puede afirmar que para estos médicos “humano” es solamente un adjetivo que debe acompañar la palabra “recurso”. Su deber es quizá entonces hacer mantenimiento a las máquinas que los ingenieros no están en condiciones de comprender.

Otro ejemplo. De todos los problemas por los que se haría necesario ayudar a un drogodependiente, los que aparecen en los tratados de medicina11 parecen ser propiamente problemas por el hecho de que afectan la adaptación (utilidad) del individuo a la sociedad (producción): los problemas de tipo laboral, como "la disminución de rendimientos", "fracaso sociolaboral" y el "absentismo". Los otros problemas, en todo más dramáticos e importantes, son aludidos de manera abstracta y soslayada.

Estos tratados sobre drogodependencia nos dan una pista adicional sobre la visión que del ser humano puede tener un médico. Estos exponen de manera profunda cada droga de abuso, la fisiología, los efectos, la patología, farmacocinética, etc. Y además de presentar las características propias de las drogas de abuso, así también las características (biológicas) de los individuos: factores genéticos hereditarios. Por ello, al leer uno de estos tratados es fácil concluir que las drogas de abuso ejercen, no sobre el sujeto, sino sobre el organismo, una fuerza irresistible e inexorable y, aún más, cuando esos organismos están determinados por factores genéticos inmodificables. Así también es fácil pensar que no son una elección de un sujeto sino un error de un organismo.

De nuevo, ¿para qué preguntar “esas cosas sociales” cuando el ser humano no es más que, en últimas, “información”, y ya está programado, por tanto, a inexorables destinos? La cultura, las ideas, la historia, la antropología, etc, no nos pueden dar más idea del ser humano que la genética.

Y mientras la ciencia, con su discurso cada vez más arrollador, en compañía de tantos de sus hijos médicos, gritan como consigna que esas humanidades deben quedar proscritas a erudiciones infructuosas, y que en un currículum no son más que “relleno”, el ser humano, y los seres humanos, continúan esperando ser rescatados de las fauces de esa oscura concepción. La más pobre definición de ser humano, apareja consigo el más pobre trato y consideración hacia él, sí, pero también el autoritarismo más despótico.

La institucionalización de la medicina:

Lastimosamente, todas las consideraciones han tenido muy poco eco en el gremio médico. Peor aún, debemos aceptar que estas son, en conclusión, tan sólo unas de las razones por las cuales los médicos definen, y reducen, al ser humano de tal manera, y practican por ello una medicina “deshumanizada”.

La medicina como práctica institucionalizada es la causa de muchos de los problemas a los que se puede aludir como “deshumanización” de la medicina. Según Leal Quevedo, fundamentado en El nacimiento de la clínica de Foucault, al caer desde el siglo XVIII la concepción religiosa, pudo el médico ver al ser humano en su “verdadera dimensión”. Lo cual duró poco, pues pronto se interpuso en la relación médico paciente, a manera de intermediario, el aparato. La tecnificación de todo el acto médico (diagnóstico, tratamiento y rehabilitación) ha puesto un vacío en la relación médico paciente: el médico confía más en los aparatos que en lo que pueda interpretarse de las palabras del paciente y de su cuerpo (semiología), y el paciente siente con mucha frecuencia que se relaciona es con aparatos, con funcionarios, exámenes y fármacos, y no con otros seres humanos.

El acto médico basado en la semiología, también llamada “medicina francesa”, fue reemplazada en la segunda mitad del siglo XX por la “medicina norteamericana” en América Latina, cuyos fundamentos no son ya las palabras, ni siquiera el cuerpo, sino los números, las imágenes, las estadísticas y la tecnología. Cambio éste que no fue hecho en virtud de lo mejor, sino de la imposición.

“Ya hay seres sensatos que sospechan que no siempre es la sabiduría lo que dicta estos refinamientos, sino la avidez del capital que ha encontrado en las aflicciones de la carne otro de sus muchos campos de acción, un inmenso mercado”, dice William Ospina. Además nos advierte que otro de los grandes problemas de la institucionalización es la búsqueda insaciable de ganancias. Y en este sentido han tenido grandes logros: la medicina se ha vuelto algo tan escandalosamente costoso, que ahora hay que tributar durante toda la vida a los sistemas de salud por si alguna vez es necesario ser atendido.

Y esto no es todo. Leal escribía: “…este final del siglo XX está creando un cuarto espacio, aún mayor: las instituciones, las burocracias… pretenden definir la totalidad de las reglas de juego, decidir quién recibirá atención, cuándo, cómo y dónde y quién le dará atención a ese paciente… Ese nuevo espacio quiere convertirse en el supremo árbitro de la relación médico paciente, intenta llegar a subordinar a los únicos dos protagonistas indispensables.”12

Así pues, los médicos han permitido que instituciones con intereses ajenos a los que animan su profesión (curar, intentar curar y aliviar) legislen su quehacer y les roben su autonomía. Los intereses de estas instituciones están dirigidos a la ganancia, la reducción de costos y la eficiencia. Y de sus lógicas cuantitativas no se escapa el entendimiento de lo humano: “Hacer que los pacientes no sean fichas numeradas acumulables en las desapacibles salas de espera interminables de los consultorios y organismos de Salud, ni códigos archivables en la memoria de los computadores, sino seres humanos que respiran, que piensan, que sienten, que necesitan ser oídos y tienen derecho a la elemental aspiración de sufrir menos en la búsqueda de la recuperación de la salud.”13

La tecnificación, la institucionalización burocrática de la práctica médica, muchas veces en busca de ganancias, y la rentabilidad insaciable de la industria médica son pues, en síntesis, otro inmenso foco de los problemas a los que se puede referir como deshumanización de la medicina.

¿Por qué es esto un problema? Recuerdo que en los primeros semestres en una clase, una compañera le dijo a una profesora que en ese momento hablaba de la relación médico paciente: “Si yo voy donde el médico, no es para que me trate bien, sino para que me cure.” Y bien, para Leal “humanizar” la medicina es adaptarla al ser humano: que no tengan que hacer trámites, que se les atienda oportunamente y con calidad, que no se privilegie lo económico ni les niguen servicios, que se le mire como un todo y no como una parte o un número o un quejumbroso, que se les permita autonomía, que hayan recursos, que se le dé importancia a la persona, etc. Hay una larga lista… por lo demás, la compañera tenía razón.

También es importante en este momento, preguntarse cuáles son los objetivos y los fines que persigue la medicina en conjunto. ¿Su fin es curar, intentar curar y aliviar? O acaso ha cambiado, y ahora se trata es de volver crónicas las enfermedades, vender enfermedades a sanos preocupados y a madres trasnochadas, hacer temer sobre cosas inocuas, mostrar que estar enfermo debe siempre evitarse, etc. Porque si esta es la medicina alopática, de los principios activos, entonces la manera como actúen las empresas que producen estos productos incide enormemente en la práctica médica.

Finalmente, vale preguntarles a Laín y a Ospina, ¿creen que la medicina, en este universo oscuro en el que está inmersa, puede volver a ser “humana”?

Características del personal médico:

Por último, las características del “personal” sanitario también hace de esta profesión algo deshumanizante. Por una parte, la institucionalización burocrática convierte a los médicos en funcionarios que, como tales, o son indiferentes a toda la injusticia y hasta crueldad que sufren los enfermos, o son la base resignada de un sistema del que no quieren hacer parte. La ciencia, por su lado, en la profundización espléndida de su conocimiento, ha exigido la especialización de los médicos: “Cada parte se convierte en un inmenso todo absorbente. No olvidemos que el especialista pretende llegar a saber todo de casi nada. La persona es una unidad, por ello es deshumanizante ver solamente una parte del hombre.”14 También la ciencia da al médico esa mirada fría a la que se refiere Ospina: “Poco importa que el médico sea más o menos cordial, más o menos compasivo, el universo mental al que pertenece es el de los átomos fatales y en ese reino no caben ni las magias de la esperanza, ni las montañas de la fe, ni los desórdenes del milagro.”15

Además, las ambiciones mundanas de la sociedad también son las que persiguen muchos de los que se volvieron médicos, tal como comprobó Héctor Abad Gómez en la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia donde indagó a los estudiantes por las razones por las cuales estaban estudiando dicha carrera, encontrándose con que muy pocos lo hacían por servir a la gente: la mayoría estaban en busca de prestigio, dinero y poder.

Esto no es algo que haya que esconder. Nuestro contexto es un sistema económico, desde el cual los médicos pueden entender a los pacientes, y también a ellos mismos, como mano de obra, recurso humano; y el objetivo de la vida, la razón de vivir, puede ser lo que nos predican desde pequeños: ser adinerados. Así pues, hay que afrontar que la salud no es un negocio sólo para las instituciones, sino también para los médicos.

Vale citar nuevamente el excelente ensayo de Leal Quevedo: “Nuestra situación médica no es fácil. Se nos pide, a diferencia de las otras profesiones liberales, que en medio de esta cultura del dinero continuemos obrando con altruismo y desprendimiento, que actuemos según las necesidades de cada paciente pero a la vez se nos exige una máxima eficiencia técnica, un rendimiento laboral que implica una encarnizada lucha contra el tiempo. Se nos insta a tener motivaciones elevadas y sentimientos humanitarios y el currículum de nuestras facultades y la evaluación de nuestro trabajo sólo están basados en los hechos positivos y cuantificables… En fin, se nos exige según unos fríos números y se ignora el mundo de las personas, conformado por pacientes y médicos.”

Vuelvo a repetir: con toda seguridad, para mi compañera y para el médico internista, no había más que preguntar. El ser humano máquina, el objeto de estudio cuerpo y no alma, la genética como edificador de destinos, el cuerpo como recurso humano, el médico como funcionario, análisis fundamentados en exámenes cuantitativos y no en la palabra ni en el cuerpo, la apropiación de este oficio por instituciones con ánimo de lucro, la especialización y consiguiente fragmentación del ser humano, la incidencia de varios de estos factores para coartar la continuidad del trato entre el médico y el paciente, los sistemas sociales de atención de la enfermedad, los privilegios de ser médicos, la conformidad e irreflexión de este gremio, entre otros factores que se me escapan, hacen comprender por qué para ellos no parecía necesario preguntar “esas cosas sociales”, así como para el decano no había más que premiar que un número.

A manera de reflexión

Quizá la deshumanización no se refiere solamente a cómo se ejerce esta medicina, no se reduce a los elementos en que los hemos clasificado, sino que se refiere también a una crisis en la definición del ser humano, en la concepción de lo humano, en la reflexión sobre él. Y habría que pensar tal vez, que de todos los problemas que hemos visto como causas de la “deshumanización”, no sean, por el contrario, causas sino consecuencias. Consecuencias de una verdadera deshumanización, entendida esta como una profunda crisis en la definición del ser humano, en la comprensión de él. Quizá lo sea, porque sólo una concepción muy pobre del ser humano, se puede afirmar, ha permitido que todos estos factores avancen: ha permitido que la ciencia se cierna sobre el ser humano y lo defina como un organismo, por ello tal vez dejaron los médicos que su profesión fuese apropiada por intereses ajenos a los objetivos primeros de su relación con el paciente, quizá por ello ponen sus intereses personales por encima del bien colectivo, etc.

El primer paso para humanizar la medicina deshumanizada, es saber qué significan ambos términos; entender lo humano para, ahí si, como dice Leal, adecuar la medicina al ser humano, y no permitir que, por el contrario, como ha ocurrido, adecúen al ser humano a intereses particulares. Entendiendo eso primero, podemos, después de rescatar al ser humano, estar capacitados para rescatar la medicina de ese universo oscuro en que orbita.

 

  1. OSPINA. “La mirada de hielo”, En: Es tarde para el hombre. 1996.
  2. Ibíd.
  3. Carlos Álvarez y Rafael Martínez. Descartes y la ciencia del siglo XVII. Siglo XXI editores. 2000. Capítulo: El organismo como máquina: Descartes y las explicaciones biológicas. Versión digital disponible en Google libros.
  4. “Característica mediante la cual se regula el ambiente interno para mantener una condición estable y constante. Los múltiples ajustes dinámicos del equilibrio y los mecanismos de autorregulación hacen la homoestasis posible. El concepto fue creado por Walter Cannon y usado por Claude Bernard y publicado en 1865.” http://es.wikipedia.org/wiki/Homeostasis
  5. Descartes en el Traité de l´homme. Citado en Carlos Álvarez y Rafael Martínez. Descartes y la ciencia del siglo XVII. Siglo XXI editores. 2000
  6. LEAL QUEVEDO, Humanizar la medicina es adecuarla al hombre, Capítulo 1. En: PLATA RUEDA, Hacia una Medicina más humana, editorial Médica Internacional, 1997. Este ensayo es el que mejor da una mirada general a la deshumanización de la medicina dentro de la bibliografía revisada.
  7. Citado en Leal Quevedo.
  8. Ibíd.
  9. Para ver en una bella narración literaria cómo el cuerpo es el ancla del pasado, el presente y el futuro, la historia y el destino, la felicidad, el anhelo y la esperanza, ver MUSIL, Robert, Poderes y maniobras de Clarisse, capítulo 97, en: El hombre sin atributos.
  10. Martiniano Jaime Contreras, Jaime Restrepo Cuartas, Múnera Duque. Manual de normas y procedimientos en trauma. Editorial Universidad de Antioquia 2006. Página 224.
  11. P. Lorenzo, J. M. Ladero, J. C. Leza, I. Lizasoain. Drogodependencias. Farmacología, Patología, Psicología, Legislación. 2003 Editorial médica Panamericana.
  12.  Leal Quevedo.
  13. Plata Rueda, discurso de agradecimiento al recibir la Orden al Mérito en el Grado de Gran Cruz.
  14. Ibíd.
  15. OSPINA. “La mirada de hielo”, En: Es tarde para el hombre. 1996.